Actualizado el 16 de enero de 2017 a las 12:00 am

Hace solo unos pocos a?os el aprecio por la democracia era profundo y generalizado

POR Miguel ?ngel Rodr?guez

Hace solo unos pocos a?os el aprecio por la democracia era tan profundo y generalizado que ante los problemas a ella inherentes como construcci?n humana se respond?a ?con espontaneidad y convicci?n? que esos problemas se resolv?an con m?s democracia. ?Cu?nto ha cambiado desde entonces su apreciaci?n!

El Reporte Anual 2015 de Libertad en el Mundo de Freedom House da inicio se?alando: ?Por noveno a?o consecutivo este reporte sobre la condici?n global de los derechos pol?ticos y las libertades civiles muestra un deterioro. La aceptaci?n de la democracia como la forma predominante de gobierno en el mundo y la aceptaci?n de un sistema internacional construido sobre ideales democr?ticos est? bajo mayor amenaza que en ning?n momento en los ?ltimos 15 a?os?.

El Reporte 2016 agrega un a?o m?s de deterioro e indica: ?Sea cual sea la fuerza subyacente de sus instituciones, las democracias con mayor liderato revelan en el 2015 una falta de convicci?n y de confianza en s? mismas que es preocupante?.

En democracias de larga trayectoria se da el desencanto que desde hace a?os venimos observando en Latinoam?rica con la democracia liberal. En Australia, Estados Unidos, Holanda, Inglaterra, Nueva Zelanda y Suecia ha ca?do en picada la proporci?n de las personas que indican es esencial vivir en democracia. Tambi?n en algunas democracias establecidas aumenta la proporci?n de gente que aceptar?a un gobierno autoritario para resolver determinados problemas. Y esa tendencia es m?s pronunciada entre los j?venes.

Ca?da. Latinobar?metro se?ala que en los pa?ses latinoamericanos en el 2000 un 59,7 de los encuestados consideraban la democracia preferible a cualquier otra forma de gobierno, y ese porcentaje hab?a subido a 63,3% en el 2010. Pero ya en el 2015 hab?a bajado a 57%. Para Costa Rica, la ca?da es de un 83% en el 2000 (el m?s alto en Am?rica Latina) a un 56,8 en el 2015, que es incluso ligeramente inferior al promedio de la regi?n.

La ola populista en Am?rica Latina durante este siglo XXI mostr?, en varias naciones, la aceptaci?n popular de formas cada vez m?s autoritarias de gobierno, y en casi todos los pa?ses desde finales del siglo pasado vienen surgiendo ?partidos? antisistema, basados en desprestigiar las instituciones de la democracia representativa a las cuales declaran corruptas e ileg?timas.

Claro que en esas apreciaciones de la opini?n p?blica se mezclan conceptos. Se responde tanto sobre la definici?n de la democracia como un instrumento para organizar el gobierno (que no es m?gico), como tambi?n sobre las caracter?sticas de la democracia liberal como garante de la libertad y los derechos humanos.

Posiblemente en muchos casos la disminuci?n en el apoyo a la democracia se debe, en el caso de pa?ses en los cuales vivirla es una nueva experiencia, al desencanto por haber cre?do que con solo adoptar este sistema pol?tico se resolv?an muchos problemas, como por encantamiento. En otros casos su causa posiblemente sea el aumento de la desigualdad.

Al rescate de nuestros valores. ?Ser? que debemos aceptar que la democracia est? perdiendo apoyo y vigencia?

No lo creo. No es concebible que seamos tan irracionales como para abandonar la construcci?n democr?tico-liberal que por tantos siglos, con triunfos y derrotas, se ha venido edificando. No puedo concebir que seamos capaces de volver a experimentar en Occidente los horrores del siglo XX, tan poco tiempo despu?s de haberlos sufrido.

Claro que siempre podemos explorar maneras para mejorar los instrumentos, las herramientas, el medio que es la democracia como forma de gobierno basado en procedimientos de discusi?n inteligente para la toma de decisiones colectivas por la regla de la mayor?a. De eso no cabe duda.

Como construcci?n evolutiva humana basada en prueba y error, debemos estar abiertos a experimentar c?mo complementar las instituciones representativas con elementos de democracia directa; c?mo mejorar la descentralizaci?n para acercar m?s las decisiones a quienes se ven directamente afectados por ellas; c?mo mejorar la planificaci?n, la coordinaci?n y la rendici?n de cuentas; c?mo utilizar las nuevas formas de comunicaci?n digital.

Pero mejorar y complementar la democracia liberal no significa caer en el enga?o de los populismos, que pretenden sustituir las instituciones representativas y las normas de aplicaci?n general, por un l?der que est? sobre las reglas y se comunica de manera directa con el pueblo.

Tampoco significa sustituir la negociaci?n entre representantes por las manifestaciones callejeras, ni asumir como representativas las opiniones de las redes sociales en las cuales ?casi siempre? intercambian opini?n y se refuerzan en sus pensamientos personas con similares ideas, y muchas veces sin dar la cara.

Lo que no podemos renunciar a defender frente a la ?tentaci?n totalitaria?, frente a los encantos mal?volos del populismo embaucador, frente a la democracia de las calles o de las redes sociales, son los valores fundamentales que constituyen el para qu? de la democracia.

Atender las causas. Es evidente que urge atender las causas del resentimiento y la frustraci?n que movilizan a las personas justificadamente descontentas por sentirse perdedoras con la globalizaci?n, la competencia y la racionalidad eficiente. Pero ello no es suficiente. La respuesta no puede ser una mera receta tecnocr?tica.

Lo fundamental y lo que nos permitir?a ganar la partida frente a los antisistema es volver a la defensa y promoci?n de las bases de la vida civilizada de personas dignas, dotadas de derechos fundamentales que les son inherentes.

La libertad igual de todas y cada una de las personas, la fraternidad que impone una acci?n solidaria para tener un crecimiento compartido, el respeto por las mayor?as de los derechos de toda minor?a, la vigencia de las instituciones del Estado de derecho son valores que hoy igual que ayer deben ser los objetivos de toda acci?n pol?tica. Y requerimos un nuevo lenguaje para enamorar con los viejos valores a los j?venes y a quienes se sientes defraudados.

No podemos caer en la trampa de creer que todos estamos convencidos y somos ardientes defensores de esos valores. Es m?s bien la explicaci?n, promoci?n y defensa de esos valores la manera de enfrentar las irracionalidades de los populismos y las tendencias autocr?ticas.

Ojal? en la vecina campa?a electoral haya una sustantiva presentaci?n de los m?ritos y ventajas de basar la acci?n colectiva en la dignidad de cada persona hecha a imagen de Dios.

El autor fue presidente de la Rep?blica del 1998 al 2002.


Fuente: La Naci?n


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